13/6/09


Editado por Alfaguara en 2006. Una muestra más de la maestría narrativa de Vargas Llosa, novela de estructura y tono decimonónico que alcanza un nivel estético cercano al genio y que ubica al autor en un justo sitio del arte: se coloca a sí mismo a la altura de su estética.

Con una línea temporal progresiva, alejada de su estilo por necesidades estéticas (sin esa estructura sería inverosímil el periplo amoroso durante cuarenta años por todo el mundo), esta grandiosa manera de contar logra que pasemos por alto lo que en otro sería imperdonable.

La historia cuestiona las diferentes maneras de satisfacer las necesidades de los personajes principales; Ricardito narrador, un buenazo cobarde sin mayores pretensiones que vivir en Paris y cogerse a una paisana inaprensible y taimada; Otilia niña mala, la arribista que es capaz de pasar sobre todo el mundo para alcanzar la felicidad que da la riqueza, pero su avidez provinciana y resentimiento miserable la hace pagar siempre huyendo de tragedia en tragedia, lo que quiere decir que siempre, después de cada correría por el jet set internacional (Francia, Inglaterra, Japón, Cuba), termina en los brazos del pequeñoburgués humillado. Un par de personajes que invitan a honduras temibles y a alturas olímpicas se quedan en un maniqueísmo melodramático y repetitivo. El autor se justifica dignamente lanzando una velada y escueta referencia antilacaniana.

Así, la reflexión principal, se circunscribe a un estético vaivén deseo-repulsión. Salpicada por burdas, pretenciosas y superficiales críticas socio-político-económico-literarias. Y una que otra escena seudoerótica.

Otra desilusión es la imagen que utiliza el autor como chapa de este hermoso baúl retro. La imagen del mago que habla con el mar, que doma al indomable, del buda de barriada, se pierde en la descripción barroca del diálogo bilioso de la miseria desdentada, ¡caray, qué forma de despreciar la grandeza! Más aún, inconforme el autor con aplanar la topografía simbólica universal, en las lineas finales pasa a mancillar la catedral del cementerio marino.

Nada de esto hace tropezar al vertiginoso ritmo, nada oscurece el chispeante manejo verbal, tampoco pierde nunca intensidad la narración, esto sólo lo logra un maestro. Con esta novela el autor se sitúa a sí mismo en un nicho más del retablo barroco que es al altar de su majestuosa obra. Se justifica el peruanito que siempre soñó con escribir en Londres, Madrid y Paris por verse obligado a actuar como niña mala para lograrlo y haber tenido la visión y los cojones para hacerlo. El autor mismo es el mejor personaje de su obra y desde ahí puede decir y hacer lo que quiera mientras siga creando narrativas de este nivel.

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